Para que vean que el visreey tambien alguna vez fue solamente un principe y cometia mama daz ahora les pongo una lista de las verguenzas del visreey de todos los tiempos sin algun tipo de orden en especifico todas tuvieron bien pinchurrientas
*La vez que cuando se usaban los pantalonsotes como 4 tallas mas grandes me creia bien malandron y por andar cargando un carton de cheve el pantalon se me fue hasta los tobillos y estaba en medio de la calle y para subirmelos tuve que dejar el carton en el piso y para eso me tuve que agachar y traia mis chones de sicario (bien balaseadotes)
*La vez que en el trabajo cuando crei estar solo y solte uno de los gases que hasta un zorrillo le daria envidia solo para descubrir que atras de mi estaban las chavas las guapas del trabajo,de mi escuela, de mi prepa, del kinder, miss universo, thalia, britney spears, ninel conde, monica bellucci, alessandra ambrocio, adriana lima, scarlett johanson, la chikitibum,la guera modelo, el cadaver de marylin monroe y topo gigio ...sss
*la vez que en primaria me cacharon con un calendario playboy que habia robado a mi tio y casualmente ese dia tocaba deportes y nos castigaron a todo el salon por andar viendo eso y mi mama estaba platicando con las de mas mamases y salio un amiguito con su mama que casualmenteeee estaba platicando con la mia y le preguntaron que porque no habiamos salido a deportes y este respondia porque visreeysito el hijo de ESTA MUJER (apuntando a mi madre con su dedo juzgatorio)llevo un calendario de mujeres encueradas y lo estaba enseniandoa todos y nos castigaron por su culpa.
*la vez que crei estar solo y dije "Dios no existe jaja" solo para darme cuenta que atras de mi estaba el pastor de mi iglesia, mi madre, mis abuelos, gente cristiana, gente catolica,el padre jesse jackson , el padre juanjo , el padre julian, el padre de familia, el papa benedicto, el cadaver del papa juan pablo y topo gigio...sss
*la vez que de werkillo defendi a mi prima de un tipejo namas pa ke me partiera mi mandarina en gajos
*la primera vez que oi hablar a Niurka marcos (bueno mas bien fue pena ajena pero como quiera senti el gacho )
*la primera vez que oi cantar a Niurka marcos (aplica la ley de arriba)
*cuando se enteraron que tenia un blog.........................................ouch
"preguntame lo que quieras y veras que yo lo se" -m-
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sábado
jueves
Cuentos Cortos Para mentes Ansiosas
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El cuaderno rojo
por Diago Lezaun
Era el primer cuaderno entero para él solo de toda su vida: tamaño cuartilla, cuadriculado, de tapas duras y rojas, lleno de hojas vírgenes para llenar de garabatos, retratos de papá, de mamá y el hermanito, y los primeros ensayos de palabras. A Pablo le hizo muchísima ilusión. Tanto que a mamá le dio no sé qué el abrirlo y saborear las señales y símbolos de la vida interior de Pablo. El día que mamá, como quien comete un robo (o al menos así se sentía) entró al cuarto de Pablo, abrió el cuaderno y leyó davi muetro y tato malo sintió un sudor frío, corrió al ritmo de su corazón a la cuna, en su dormitorio, pero cuando llegó, Pablo, con la almohada aún entre las manos, ya había dejado de apretar.
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Condiciones de compra
por Jordi Cebrián
Compramos el piso aun sabiendo lo de la habitación, y las condiciones, pero es que son tan caros, recien nos hemos casado y ella no trabaja, y con el niño no lo hará de momento, así que dijimos, ¿por qué no?, sólo es una habitación a la que no podemos entrar, y sólo hay que dejar alimento cada noche, a veces cuesta encontrar, y llego tarde mientras ella espera, temerosa y preocupada, y hay que ir con cuidado, eso si, procurar ser metódico, no hacerle pasar hambre ni dejar la puerta abierta, pues no entiende de propiedades ni de hipotecas.
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Los calcetines, la vecina
por Choan C. Gálvez
Cuando la vecina llamó al timbre para devolverme un calcetín caído del tendedero, no di importancia al asunto.
Dejé el calcetín en cualquier parte, regresé al sofá, continué viendo los Teletubbies.
Al día siguiente, la vecina regresó, trayendo esta vez un calzoncillo. No me pareció nada del otro mundo. Abandoné la prenda en una silla, lié otro canuto.
Esa misma tarde, la vecina me devolvió una camiseta. A la noche trajo un pantalón. A primera hora de la mañana, unos zapatos.
Ahora sí, sospeché que algo extraño ocurría: los zapatos eran marrones.
No me dio tiempo a pensar mucho en ello, pues a los pocos minutos la vecina volvió, esta vez con un jersey de lana bastante feo, un mono de mecánico, un tricornio, una estola de adviento y una capa de tuno.
Extrañome. Acepté las prendas, di las gracias, cerré la puerta.
Poco a poco fui recopilando todo aquello que a la buena señora se le ocurría introducir en mi casa. El espacio habitable de mi hogar fue reduciéndose, por todas partes se veían prendas amontonadas. Llegó el momento en que no me atreví a encender la cocinilla por miedo a prender fuego a la vivienda.
Ahora, mientras escribo esto, oigo llamar a la puerta. Será la vecina. Quisiera abrir y decirle, Por favor, no traiga más ropa, la situación comienza a ser desesperada, llevo más de un mes buscando mi cepillo de dientes.
Quisiera abrir, sí, pero no veo manera de abrirme camino hasta la puerta.
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El novato
por Diago Lezaun
El guardia de seguridad está nervioso y asustado. Yo nunca he currado de esto, bueno, ni de esto ni de casi nada, piensa (suponiendo que los guardias de seguridad piensen). Además, no sé ni si valgo para esto, me asusto enseguida, no sé como reaccionaría si me encontrase con un chorizo. Oye un ruido detrás, la adrenalina rebosa el vaso, saca la pistola reglamentaria, se gira y vacía el cargador a bocajarro. Un segundo: estruendo; otro segundo: silencio atronador; otro segundo y un cuerpo como un paquete de carne picada cae al suelo. Mujer de la limpieza con clásico uniforme de empresa azul. El guardia de seguridad suda, palidece, tiembla, se mete la pistola en la boca y aprieta el gatillo. Un clic. Nada. Más silencio. Cargador vacío, recuerda. Se relaja un poco la tensión y llega el llanto. Cinco minutos después la policía.
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En monterrey tampoco pasa nada
No me va a pasar nada
Temprano de la mañana Aníbal se levanta para ir al chance, se arregla, desayuna. Hoy le prestó el carro su papá, porque en la tarde tiene exámenes finales en la universidad. Le dice a su mamá que le está yendo bien, y su mamá lo mira orgullosa, con un brillo especial de ojos. Aníbal siempre fue un buen patojo, nunca molestó. Sale de la casa y su mamá le sigue para echarle la bendición y cerrar la puerta del garage. Se acerca a la ventanilla del carro.
—Váyase con cuidado m’hijo.
—No se preocupe mama, a mí no me va a pasar nada.
Aníbal va contento en el Hyunday negro de su papá, ya sólo le falta un semestre para finalizar ingeniería. Pone su disco con mp3 variados, desde Vicente Fernández hasta Coldplay, pasando por Shakira y Alejandro Sanz. Llega a la oficina y se conecta a internet para empezar el chance del día. Un par de correos para clientes, dar de baja algunos productos del inventario, chatear con un proveedor. Lo de todos los días. Luego viene la hora de darse un respiro y leer la prensa, ver qué de nuevo hay en los blogs y entrar a aquel foro de fútbol para hablar de los rojos y del Barça. Se detiene en un titular de hoy: “Atrapan policías que hacían limpieza social”. Indignado, deja un comentario en la página del periódico:
Yo creo que a esos policías deberían darles una medalla en lugar de atraparlos. Se deshacen de esa lacra que son los mareros y los narcos. Nadie quiere a esa lacra.
Aníbal firma como César López para no darse tanto color. Hay gente que no quiere aceptar las cosas como son, así que mejor para evitar conflictos, me pongo un nick falso y asunto arreglado.
Por la tarde, a salir corriendo para estudiar un poco antes del examen de la universidad. Shakira y Alejandro Sanz lo acompañan en el camino, y una tarde fresca entra por la ventanilla del piloto y llena todo el ambiente. Se encuentra en la biblioteca con el mono y la canche y hacen el formulario para el examen, repasan algunos problemas en los que tenían duda y están listos. Pasan a tomarse una coca a la cafetería, y en el camino a la clase las feromonas del perfume de la canche hacen su efecto. Aníbal se da cuenta de que hoy está linda y se ríe coqueta con él. Canche más cabrona, no va a haber más remedio que coger con vos. Después del examen, al salir de la universidad, Aníbal va a dejar a su casa a la canche y le pega un su agarrón con metida de mano antes de que se baje.
A algunas cuadras de ahí, un celular suena. Una voz comunica que el “trabajo” de hoy va en un Hyunday negro, de vidrios polarizados. Aníbal mira por el retrovisor un carro gris de vidrios polarizados que lo sigue al salir de la colonia de la canche. No le da importancia hasta que el carro gris lo rebasa y se le atraviesa en una parte solitaria de la carretera. Entonces ve salir a un par de encapuchados con uniforme de policía que sin mediar palabra apuntan, disparan y se meten de nuevo al carro gris. Minutos más tarde, otro Hyunday negro, de vidrios polarizados, pasa a la par del de Aníbal, se detiene y el piloto baja la ventanilla para observar el cadáver. Da un respiro de alivio y se va.
Al siguiente día, sale la noticia en los periódicos con una foto de la escena del crimen. La policía maneja la hipótesis de que fue un pleito entre bandas de narcotraficantes, pero afirma que se investigará el hecho. Juan Alberto, un compañero de Aníbal, lee la noticia. A saber en qué andaba metido este pisado, caras vemos, corazones no sabemos, piensa. Pasa la página, lee los deportes y se va para la universidad, donde comenta con sus compañeros lo que pasó. La canche y el mono están shoqueados. Por la noche, al regresar a la casa, Juan Alberto ve por el retrovisor que un carro gris de vidrios polarizados lo sigue. Esta vez no se confundan muchá, había dicho una voz por el celular, cinco minutos antes.
via:http://www.anecdotario.net/
sábado
La Invocación
La Invocación
n instante después de haber terminado la Invocación, el suelo se llenó de hormigas, y las ventanas comenzaron a hervir con la febril actividad de gigantescas moscardas azules. En poco tiempo habrían logrado entrar.
Sabía que el Libro aconsejaba dar gracias a Dios por haber permitido el contacto con los demonios, pero por algún motivo, aquello me pareció una blasfemia aún mayor que el acto que acababa de realizar. Una gigantesca polilla golpeó con fuerza contra el plafón de la lámpara sobre mi cabeza. Creí que iba a romperlo. Miré al suelo. El círculo de tiza seguía intacto, y ninguna hormiga lo había traspasado.
De pronto, sentí una arcada incontrolable. No había pensado que la presencia de aquellos insectos abominables pudiera afectarme tanto, pero verlos todos juntos, saliendo de ninguna parte y reptando por el suelo y las paredes de la habitación, me produjo una impresión nefasta. Sabía que no debía derrumbarme, que eso era lo que los demonios estaban esperando. Debía mantenerme dentro del círculo, y en aquel instante comprendí que contra mis previsiones iniciales, lo había dibujado demasiado pequeño. Apenas tenía espacio para mis propios pies, y temía borrar descuidadamente algún trazo esencial. Rápidamente, repasé el Libro, en busca del conjuro de despedida, sólo por si acaso. Mis manos recorrieron nerviosamente las páginas gastadas y crujientes, y estuve a punto de dejarlo caer, lo cual hubiera sido un desastre.
Levanté la vista hacia la ventana. Las moscas habían logrado entrar todas, pero se limitaban a permanecer ominosamente en la pared, moviéndose espasmódicamente en espera de alguna señal por mi parte. Afuera se había levantado una terrible ventolera, porque los cristales golpeaban contra los marcos y el aire silbaba una canción espectral que por algún motivo me pareció que contenía palabras, aunque de ningún idioma que hubiera oído antes, y que sin embargo estuve a punto de entender. Contuve un repentino impulso de dirigirme hacia la ventana para abrirla cuando ya casi mis pies habían comenzado a hacer el movimiento. Debía alejar de mi mente ese tipo de pensamientos.
Un aire frío invadió la estancia, y en mi piel se formaron pequeños bultitos. Los brazos comenzaron a temblarme sin que pudiera contenerlos. Sabía que aquello era la señal de que los demonios habían entrado por fin, y de que estaban amargados como yo suponía. Miré a mi alrededor ansiosamente, pero no hallé señal alguna de su presencia. Realmente, pensé, no tenía ni idea de cómo podrían presentarse ni de cuál sería su número. El Libro no decía nada sobre este particular. Sobre mi cabeza revoloteaba nerviosa la polilla, golpeando una y otra vez contra la lámpara, pasándome junto a la cabeza y realizando ese fantasmagórico zumbido característico de las alas membranosas. Me pregunté si no sería aquella polilla...
Y entonces los vi sobre la pared. Eran rostros repulsivos y enloquecedores, apenas meras sombras que sin embargo poseían movimientos propios, y supe que me estaban mirando y supe que su mirada contenía un odio puro, indescriptible. Nervioso, repasé de nuevo el Libro, pero las páginas comenzaron a pasar a toda prisa ante mis ojos, como movidas por el viento, y tuve que detenerlas con la mano libre, mientras que con la otra apenas si podía evitar que el volumen se me escapase volando. En la página que buscaba hallé sus nombres, Shrronghothoth, Abjadacsimm y Bheghosthrro, y los pronuncié en voz alta. Las sombras de la pared parecieron agitarse borrosamente mientras tanto. Algo estaba mal. Deberían haber contestado, pensé. Cerré el Libro y lo guardé en el interior de mi camisa, para poder así sacar del bolsillo la lista con mis peticiones.
Pero de inmediato, uno de los muebles más pesados, una estantería cargada de libros, se elevó unos centímetros en el suelo y comenzó a dar pesados golpes contra la pared, haciendo caer algunos tomos al suelo. Pronto todos los demás muebles hicieron lo mismo, y en el piso observé que las huellas de algo grande e invisible se acercaban desde la pared de las siluetas hacia el círculo donde me encontraba, haciendo crujir la madera, y me estremecí, porque sabía que alguien no invitado había comparecido. Detrás de mi se levantó un fuerte viento que irguió los faldones de mi camisa, helándome la espalda. Las huellas se detuvieron al llegar junto al círculo de tiza, y comenzaron a rodearlo muy lentamente, como un animal cerca a su presa antes de abatirse sobre ella. Cuando hubieron dado una vuelta completa, que seguí aterrado con la mirada, las sombras de la pared se diluyeron y creí escuchar unas risas infantiles encerradas en un murmullo de conversaciones sin palabras.
Un hedor apestoso se adueñó de la habitación. Creí percibir los efluvios de excrementos animales, tabaco negro y sudor humano. Sentí ganas de vomitar, las ganas de correr hacia la ventana se acrecentaron de nuevo. Me encontraba paralizado por el terror, y cuando estaba a punto de abrir de nuevo el Libro para consultar el modo en que debía dar fin al aquelarre, una voz sonó a mis espaldas:
- ¿Quién eres?
Me volví rápidamente, casi trastabillando con mis propios pies. Una figura borrosa se sentaba tranquilamente en el sillón del fondo, pero antes de que pudiera fijar mi vista en él, alzó un brazo y se encendió la lámpara de pie que estaba a su lado, sin apenas dejarme tiempo para acostumbrar de nuevo la vista a la recién creada luminosidad.
Era un joven. El rostro flaco y demacrado, blanquecino y sin señales. El pelo, muy corto, y la barba, apenas sin afeitar. Me miraba fijamente tras unas ligeras gafas metalizadas, y en sus ojos leí un desprecio tan profundo que hasta entonces no creí que pudiera existir. Vestía una sencilla camisa de cuadros abotonada hasta el cuello y unas pesadas botas militares. Lo reconocí en seguida, porque sabía que lo había visto antes espiando mis sueños. A su alrededor flotaban decenas de mariposas de brillantes colores, revoloteando junto a su cara y acercándose a la lámpara. Con una mueca horrenda, una sonrisa totalmente carente de alegría, volvió a decir:
- ¿Quién eres?
Aquella voz me aterrorizó. No se correspondía con el rostro que estaba mirando, sino con el de una mujer muy joven, casi el de una niña. Era tenebrosamente seductor, y por un instante estuve tentado de adelantarme, saliendo del círculo de tiza. Traté de pronunciar alguna frase, pero las palabras quedaron atrapadas en mi garganta, porque aún no sabía qué contestar, ni siquiera si debía decir nada en voz alta. No estaba seguro de que él supiera que yo estaba allí. Pero no fue necesario: de pronto, el demonio comenzó a emitir lo que parecían unas horrísonas gárgaras, que se transformaron en una risita infantil. La luz se apagó.
Me di cuenta que el corazón me latía demasiado aprisa, y temí que algo pudiera ocurrirme, cuando el dolor se hizo más persistente. Necesitaba sentarme, pero una vez más lamenté la estrechez del interior del círculo protector. Me llevé la mano al pecho y traté de espaciar mi apurada respiración. Estaba sudando abundantemente, creí que tenía fiebre. ¿Me habrían encontrado dentro del círculo...? Era imposible saberlo.
En el rincón donde había estado el joven ya no había nadie. Fijé de nuevo la vista y creí percibir sólo ligeras sombras que se contorsionaban juguetonas por la pared. La pestilencia se acentuó y una vez más sentí ganas de abrir la ventana. Volví la vista hacia ella, y de improviso, ambas hojas se abrieron con una violencia espantosa, dejando pasar un fortísimo viento helado. Los cristales comenzaron a golpear furiosamente contra las paredes y temí que se pudieran quebrar, pero por algún motivo, aún más temí que alguien pudiera escuchar el ruido y entrar en aquel instante.
El viento helado secó mi sudor, pero no se llevó la asquerosa fetidez. Los muebles comenzaron a golpear otra vez, los libros salieron despedidos en todas direcciones, y algunos cayeron por la ventana. En mi boca percibí los primeros síntomas del agrio vómito aproximarse y mi cuerpo se convulsionó en una primera y dolorosa arcada que casi me parte la espalda con un dolor seco. Traté de agacharme, aún dentro del círculo, y esta vez no sólo comprobé que no tenía espacio suficiente, sino que el Libro que había guardado dentro de la camisa me impedía doblarme. El armario abrió de golpe una de sus puertas, y el espejo que tenía en su interior se rompió en mil pedazos, que se unieron al estropicio general. Algunos trozos pasaron peligrosamente junto a mi rostro.
Con mucho cuidado, extraje lentamente el Libro, y busqué nerviosamente entre sus páginas. Sin embargo, no era sencillo leer en la oscuridad, y mientras fijaba frenéticamente la vista en los arcanos, una ráfaga de viento me sorprendió, arrebatándome el Libro de las manos, y haciéndolo caer al suelo, muy cerca del círculo... pero fuera.
Definitivamente, el terror se adueñó de mí. Sabía que no podía abandonar la protección del círculo, pero necesitaba consultar el Libro para detener la desastrosa invocación. Me agaché dolorosamente, pues aún era posible recuperarlo desde dentro, pero al acercar mi mano, las páginas se agitaron furiosamente como lacerantes palpos, y el entero volumen salió despedido fuera de la habitación, volando en alas del viento. Observé que en el suelo, el círculo de tiza comenzaba a desdibujarse con la acción del aire, y de finas, casi imperceptibles, gotas de lluvia, y lamenté no haber utilizado tiza roja. Bien sabía que una vez deshecho el círculo, yo quedaría a merced de lo que hubiera ahí fuera, de aquello que había convocado, y bien sabía que no tendría ningún tipo de piedad.
Me llevé las manos a la cara, tratando de recordar. Eso era lo único que podía salvarme ahora. Traté de recordar la lectura apresurada, el modo de deshacer el conjuro sin peligro para el celebrante, pero en mi mente sólo había danzantes evocaciones de los momentos en que había retado al médium y de cómo había leído precipitadamente los primeros ensalmos, creyendo que todo sería seguro y sencillo. En mi mente se agolparon los recuerdos de los recuerdos, las figuras casi reales de lo que estaba pensando en el momento de lanzar el reto y de practicar el conjuro. Páginas crujientes y amarillas volaron en mi imaginación, pude sentir de nuevo el tacto grasiento del papel en los dedos, pero en ellas sólo había símbolos que apenas formaban palabras, y aun éstas carecían de significado para mí. Cerré los ojos con fuerza y algunas palabras volvieron a mi boca, para sólo escapar un instante después, burlonas. Sólo entonces supe que jamás lograría recordar el hechizo de despedida, y desesperado, comencé a gritar, más allá de mis propias fuerzas. Chillé todo lo alto que me permitieron los pulmones, hasta desgarrar por completo las cuerdas vocales. Chillé y aullé hasta desgañitarme, cerrando los ojos con fuerza, haciendo coro con la cacofonía que ya se debatía a mi alrededor...
Y cuando abrí los ojos, la habitación estaba en calma.
La ventana, cerrada. El armario, con las puertas cerradas. Los pesados estantes inmóviles, y los libros en su sitio. No había ningún insecto, y la luz de la lámpara sobre mi cabeza brillaba con la fuerza de sus cien watios. Ni la menor presencia de aquel hediondo miasma que había atufado mis pulmones. El único ruido era el de mi respiración acelerada y el de mis dientes castañeteando. Incluso la temperatura era de nuevo agradable, la proporcionada por el radiador. Y a mis pies, el círculo estaba completo e intacto.
Sonreí, y casi sentí que el dolor de la espalda había cesado. La felicidad me invadió y respiré profundamente. Abandoné el interior del círculo, y entonces... sólo entonces... llegó la negrura.
© por Fran Morell
martes
el pozo
Hace muchos años en un viejo pueblito instalaron un gran pozo que fue drenado, no sólo por casualidad sino porque aquel pozo escondía un profundo secreto que los habitantes del pueblo jamás mencionaban... hasta que un día dos pequeños desataron algo que se había mantenido en secreto.
Diez años después de la construcción del pozo una familia de dinero se mudó a dicho pueblito. La señora que compró la casa era una viuda que había reclamado la fortuna de su difunto esposo, tenía dos pequeños de 7 y 8 años. Patrich era el mayor de los dos y Elizabeth la pequeña de 7 años.
La familia tenía un vecino, el señor Fasto, que pretendía a la señora. Era un tipo avaricioso que se disfrazaba como un tipo amable y atento con la familia pero en realidad era lo contrario.
Un día los niños salieron a jugar al patio de la casa y se encontraron con una vereda que subía a un pequeño monte, los niños guiados por la curiosidad siguieron la vereda aquella. Al final de ésta se encontraron con un viejo pozo de roca que al parecer no contenía agua, estaba todo enlamado de lo viejo, pero aún contenía el torno para sacar el agua con la cubeta. Los niños accidentalmente tiraron la cubeta al pozo, en ese momento la madre preocupada llamó a los niños.
Al otro día los niños volvieron donde el pozo y para su sorpresa la cubeta que habían arrojado estaba en el mismo lugar de siempre pero había una nota dentro de ella que decía:
TENGO HAMBRE!
Los niños, sin importarles mucho de quién provenía la carta, fueron a su casa y llevaron una jugosa pieza de pollo al pozo y la bajaron con la cuerda.
Al otro día los niños volvieron al pozo y ¡oh sorpresa! la cubeta estaba llena de monedas de oro y alhajas. Desde ese día los niños llevaron comida suculenta y a cambio tenían su magnífica recompensa.
Al prometido de la madre de los niños, el señor Fasto, se le hacía raro que los niños escondieran comida durante la cena y además ya los había visto llegar con monedas; se le hizo muy extraño, así que una noche se encaminó al pozo y comenzó a bajar por la cuerda hacia el fondo del pozo...
Al otro día los niños regresaron al lugar del pozo y se encontraron que en la cubeta había una cantidad de oro inimaginable, también encontraron ropa desgarrada y otra nota que decía:
GRACIAS POR EL BANQUETE TIENEN MAS?
source:quien sabe quien lo escribio quien sepa digamelo
miércoles
Leyenda de monterrey (Mexico)
Bien se sabe que en los hospitales hay muchas historias pues es un umbral de la muerte, mientras se esta acostado en una camilla personas con batas blancas a tu alrededor de ellos tienen el control de tu vida y cada decisión que toman puede ser benéficas o fatales para ti.
La historia comienza en un séptimo piso de un hospital en Monterrey (México), todo era normal nada fuera de lo común pero un día una enfermera sufrió la perdida de su esposo e hijos, dejándola sola llegó a pensar que había ocurrido por estar demasiado tiempo atendiendo a los enfermos.
Ella culpaba a los enfermos por su pérdida, buscó venganza en cada habitación y la situación de salud de los pacientes empeoraba y morían uno tras otro. Nadie sabía que es lo que ocasionaba la muerte de los pacientes.
Un día un doctor sorprendió a esta enfermera suministrando un medicamento dañino a un paciente, trató de detenerla pero ella se dio a la fuga, en su intento de escapar no encontró salida y se refugió en el cuarto de limpieza, se ocultó en la esquina de aquel cuarto y se cortó las venas, se suicidó.
Pasó el tiempo y todo paciente que era atendido en el séptimo piso moría por situaciones desconocidas; un paciente grito histéricamente, fue atendido de inmediato al verlo el estaba aterrorizado pues dijo haber visto una enfermera con aspecto pálido, varios pacientes doctores y enfermeras habían visto lo mismo. Así que los dueños del hospital no tuvieron más remedio que clausurar el séptimo piso.
Esto es real, aun el piso esta clausurado y si vas por el elevador al presionar el numero 7 hace caso omiso y no se puede parar en la planta. Por las escaleras las puertas están selladas para que nadie pase...
Leyenda de cartagena (españa)
Conocia a Don Servando desde mi mas tierna infancia, era el Parroco del pueblo, un hombre afable y dedicado por completo a su labor pastoral, pero a la vez, era de esa clase de curas permisivos que no solo se ocupan de repetir hasta la saciedad el consabido discurso acerca de la religion ortodoxs y oficial, es mas, era un hombre al que le encantaba prestar libros acerca de antiguas culturas ya extintas y yo apreciaba mucho sus extensos conocimientos acerca del tema, asi que solia acudir a su casa cuando salia de clases para pedirle prestados aquellos preciados libros que tanto me gustaba leer...
La biblioteca de Don Servando era enorme y contenia infinidad de libros de filosofia, historia y mitologia (estos ultimos mis favoritos), todos ellos ordenados en lujosas estanterias adornadas por pequeñas figuras de porcelana...
En una de mis ocasionales visitas, me encontre mirando detenidamente a una muñeca de porcelana, vestida a la usanza victoriana...Era una obra singular, a la vez "inocente", pero con un halo inquietante...decidi verla mas de cerca y alarge mi mano para tomarla de su lugar, pero la aguda e imperiosa voz de Don Servando me sobresalto:
- No toques esa muñeca!!!, bajo ningun concepto la toques...- Bramaba fuera de si- Ha quedado claro???.
Sobresaltado asenti con la cabeza y me dispuse a abandonar la biblioteca, pero Don Servando me tomo del brazo y ya con gesto mas amable me relato la historia que paso a contarles...
A mediados del siglo XIX habito en el pueblo una dama de noble familia (o al menos de gente de posicion acomodada) que desde niña resalto por su exquisita educacion, tanto como por su hemosura. Como era de esperar, a tan noble dama, nunca le faltaron pretendientes, y como era costumbre en la epoca, se intento por parte de sus tutores el acordar un matrimoni ventajoso. Se dice que la dama se caso con un adinerado caballero que habia hecho fortuna en las americas,aunque dicen que ella no lo amaba, y que en secreto su corazon ardia por un joven del pueblo que no era de tan alta posicion como para poder siquiera pretenderla. De esta manera, la desdichada dama se consumia a causa de su amor clandestino, y de una poco afortunada vida matrimonial, ya que su esposo viajaba frecuentemente a america y la dejaba sola, incluso de el se dijo que poseia varias amantes... Segun cuentan, la dama nunca concibio hijo alguno de su esposo, ni tampoco del amante que tenia (que fallecio ahogado en la mar), asi que poco a poco, se fue marchitando en soledad, hasta que quedo por fin viuda....
Sola y ya con una avanzada edad, le dio por añorar los hijos que nunca habia tenido, asi que se aficiono a coleccionar muñecas de porcelana de la epoca. Segun el relato del cura, la pobre mujer acabo por perder el juicio en sus anhelos por tener un hijo que ya nadie podia darla, ni ella misma podia concebir. Asi que, en su locura, escogio a la muñeca mas perfecta de las que poseia, y la bautizo segun sus creencias cristianas....
De este modo, un alma inocente descendio de los cielos, y no encontro cuerpo mortal donde alojarse, asi que quedo presa en la muñeca...
Dicen que la anciana dama fallecio presa de unas fiebres y con delirios y su casa pasó a manos de su parentela. Pero nadie pudo acomodarse en ella, al parecer los llantos de una niña no cesaban de oirse todas las noches en todas las estancias de la casa...Estos llantos se convertian en agresiones fantasmales si habia niños en la casa... Nadie habia conseguido pues establecerse en la casa en muchas generaciones, asi que poco a poco, la lujosa mansion quedo en ruinas...
Pero aun entre ellas, habitaba el espiritu de la niña...Hasta que para poder derruir la casa y construir en el solar un nuevo edificio, se hizo llamar a un cura, para que bendijese los terrenos...
Milagrosamente intacta de la demolicion de la casa, se extrajo una muñeca de porcelana, pulcra y limpia como si el derrumbe nunca la hubiese afectado. Una muñeca que portaba desgracia a todo aquel que la poseia, y de la que nadie podia deshacerse sin sufrir toda clase de calamidades...
De este modo, concluyo don Servando su relato...contandome que la muñeca reposa en el unico lugar donde puede descansar de su busqueda de paz y ser mantenida bajo control...en la casa de un siervo de dios.
Me fui a casa con un amargo sentimiento de pena, pensando en cuantos siglos le quedan de penas a un alma inocente que espera el dia del juicio para su reposo...Nunca ha nacido, ni puede morir...Segun la teologia cristiana, esa es su unica forma de reposo eterno...
Leyenda de Clarines (Venezuela)
En Clarines, población del estado Anzoátegui, los campesinos no comen sino gallinas que ellos mismos crían en sus casas. Asi que si ven alguna suelta por el monte, ni se les ocurra atraparla, porque podría ser La Gallina Fantasma.
Cuenta la leyenda que hace casi un siglo, un campesino iba por el camino de Clarines, cuando vio una hermosa gallina, gorda y llena de salud. Pensando en un delicioso sancocho, el viajero trato de atraparla sin conseguirlo. Siguió al animal hasta un monte espeso y reseco, donde encontró una tumba solotaria, con su cruz. La Gallina se echó tranquilamente sobre aquella tumba, y unos segundos después dejó alli un huevo y desapreció misteriosamente entre la maleza.
El hombre recogió al huevo, pensando que almenos algo le había quedado de aquella persecusión, pero cuando lo tuvo en su mano se transformó en una piedra grande y redonda, de esas que en Oriente llaman Guarataras.
Espantado, el campesino arrojó inmediatamente la Guaratara que fue a caer sobre la tumba. Y después de una larga carrera llegó al fin a Clarines, donde contó lo que había pasado.
Allí un anciano le relató la historia de un hombre que vivió en aquel pueblo y que después de cometer muchos crímenes, fué asesinado por uno de sus enemigos.Ese hombre fué sepultado en aquella tumba olvidada en el monte. Desde entonces, su alma atormentada vaga en forma de una gallina y pone huevos que se transforman en piedras, porque de esa manera logra que la gente arroje piedras sobre su tumba. Y por cada piedra que recibe, se le perdona uno de sus pecados.
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